martes, 7 de febrero de 2017

“Amor”: escucha al niño que llevas dentro

fuente La Mente es Maravillosa

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“Amor” es la palabra que el escultor ucraniano Alexander Milov eligió para nombrar a su obra de arte, esa que no ha dejado indiferente a nadie que haya tenido el privilegio de verla. Esta maravilla muestra a dos adultos hechos de alambre colocados espalda contra espalda, con sus niños interiores intentando alcanzarse mutuamente desde el interior.
Esta escultura dejó verse por primera vez en el Burning Man Festival celebrado en Estados Unidos en el año 2015. En este encuentro entre artistas se presentaron miles de obras de arte entre las que “Amor” llamó especialmente la atención a aquellos quienes lo disfrutaron en directo. Y no me extraña.
La escultura nos enseña una escena de conflicto entre un hombre y una mujer adultos marcado por las jaulas de alambre que les envuelven. Lo conmovedor llega desde el interior de esos cuerpos: la inocencia que ambos llevan dentro y que parecen haber olvidado.
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De cómo dejamos de escuchar a nuestro niño interior

El espectáculo no se queda solo en la estructura de “Amor” ya que,  para sorpresa de los espectadores, la imagen adquiere un sentido adicional; según se acercaba la noche los niños interiores se iluminaban. Esta singularidad inesperada consigue envolver al espectador en un halo de reflexión ineludible.
Con la llegada de la oscuridad, los duros y rígidos alambres quedan en un segundo plano dejando el protagonismo absoluto a los niños que esos adultos llevan dentro y que se niegan a separarse. Se niegan a que la verdadera naturaleza del ser humano, que es la de amar, sea vencida por el resentimiento.
Para mí, ver a los dos niños iluminados tratando de alcanzarse lo interpreto como una señal, como un botón de alarma que nos dice “basta”. Estos niños interiores cobran vida cuando fuera está oscuro para iluminar lo que nuestra mente de adulto no nos permite ver.

Tu niño interior nunca deja de brillar

La esperanza y la inocencia surgen desde nuestro interior, justo donde vive latente la verdadera naturaleza del ser humano; esa que parece perderse según nos vamos haciendo mayores.

 No he podría haber encontrado otro modo mejor para darme cuenta de este fenómeno. Ser consciente de que somos una jaula de metal en cuyo interior queda atrapada la bondad de nuestro niño interior, ese que hace tiempo que no vemos.

En el interior de esa armadura queda lo más puro y más sincero del ser humano, eso que brilla cuando llega la noche y que brinda a las personas la oportunidad de arreglar las cosas cuando fuera ya está muy oscuro.
Yo lo que veo es que los cuerpos brillantes de eso dos niños van ganando fuerza según avanza la noche, según se van poniendo las cosas más apagadas y borrosas ahí fuera. Esos pequeños van ganando poco a poco la batalla según se dirigen el uno al otro hasta lograr el contacto físico a través de sus manos.
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Una nueva oportunidad para el entendimiento

No sé a ti pero a mí esto me hace reflexionar. Quizá sea cierto que los adultos no somos más que jaulas de metal empeñados en querer llevar razón a toda costa. Pero más cierto es que lo único que hacemos con eso es alejaros de nuestra verdadera naturaleza. Cuando discutimos con alguien nos convertimos exactamente en eso, en seres humanos diseñados en forma carcasa dura y metálica, en forma de dolor y resentimiento, incapaces de cambiar de posición y mostrarnos cara a cara con nuestros iguales.
Pero nos olvidamos de algo esencial y es que, de manera inevitable, algo nos une. Nos unen esos dos niños que buscan la reconciliación a través de su pureza infantil, como si la fuerza de dos imanes fuera más fuerte que cualquier malentendido.
A ti que no te conozco (o sí), da igual cómo de grande sea el resentimiento tras una discusión, en tu interior siempre estará presente una pequeña luz brillante, llena de inocencia y de amor dispuesta a la reconciliación y ofreciendo una nueva oportunidad para el entendimiento. Espero que, al igual que a mí, esta maravilla no te haya dejado indiferente.

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